Trip Tours
History & legends

Barrio Latino y Montmartre: el París de los mártires y los bohemios

7 min

Hay dos colinas en París que cuentan la historia de la ciudad mejor que cualquier manual. Una es la montaña de Sainte-Geneviève, en el corazón del Barrio Latino, donde los romanos levantaron sus termas y los estudiantes llevan casi ochocientos años discutiendo en latín. La otra es Montmartre, el monte de los mártires, coronada por el Sacré-Cœur y sembrada de cabarets, viñas y estudios de pintor. Entre las dos cabe casi todo: legiones, santos decapitados, filósofos bajo una cúpula y bohemios que pagaban el vino con cuadros. Este no es un listado de monumentos, sino un paseo por las historias que explican cada piedra.

Lutecia bajo tus pies: por qué se llama Barrio Latino

El Barrio Latino no se llama así por ningún capricho romántico. El nombre viene del latín, la lengua en la que se enseñaba en la Sorbona desde el siglo XIII y en la que se entendían estudiantes llegados de toda Europa por las cuestas de la montaña de Sainte-Geneviève. Pero debajo de las facultades hay algo mucho más antiguo. Aquí estuvo Lutecia, la ciudad romana, y todavía puedes verla: las Arènes de Lutèce, un anfiteatro del siglo I que aparece de golpe entre la rue Monge y la rue de Navarre, y las termas del Musée de Cluny, en el boulevard Saint-Michel, con sus muros de piedra en pie después de dieciocho siglos.

Si subes por la rue Saint-Jacques estás pisando la antigua calzada romana que salía de Lutecia hacia el sur y que más tarde tomaron los peregrinos camino de Santiago. Es una de esas calles cuyo trazado no ha cambiado en dos mil años, por mucho que encima se hayan ido apilando librerías, creperías y aulas.

La Sorbona y el Panteón: filósofos y una cúpula que gira

La Sorbona la fundó Robert de Sorbon en 1257, y la Place de la Sorbonne sigue siendo un buen sitio para ver salir a los estudiantes casi ochocientos años después. A pocos metros está el Panteón, que empezó siendo una iglesia dedicada a Sainte-Geneviève y acabó convertido en el mausoleo de la República, donde el país entierra a sus grandes nombres. Marie Curie fue la primera mujer llevada allí por méritos propios, en 1995. Pero lo que de verdad detiene a la gente bajo la cúpula es el péndulo de Foucault: en 1851, colgado de ese mismo punto, demostró a ojos vista que la Tierra gira, sin más prueba que verlo desviarse solo a lo largo del día.

Alrededor, el barrio guarda su memoria más vieja en piedra menor, la que no sale en las portadas. Cerca del Sena, medio escondidas entre callejones medievales, resisten Saint-Séverin y Saint-Julien-le-Pauvre, dos de las iglesias más antiguas de París, levantadas cuando estas calles eran de estudiantes tonsurados y no de turistas. Son el tipo de rincón por el que se pasa de largo si nadie te dice que mires.

Sainte-Geneviève, la joven que plantó cara a Atila

En el año 451 Atila y sus hunos avanzaban hacia París y el pánico cundió entre sus habitantes, que ya hacían las maletas para huir. Una joven consagrada llegada de Nanterre, Geneviève, los convenció de quedarse y rezar. Los hunos torcieron el rumbo y París se salvó. Desde entonces Sainte-Geneviève es la patrona de la ciudad, y sus reliquias se veneran en la iglesia de Saint-Étienne-du-Mont, justo detrás del Panteón, que además guarda el único jubé, la galería de piedra tallada que cruza la nave, que queda en pie en todo París.

Es el tipo de relato que cambia según dónde lo escuches. Delante de la fachada de Saint-Étienne-du-Mont, con alguien señalando el relicario, la leyenda deja de ser una fecha y se vuelve barrio. Por eso un free tour por el Barrio Latino suele ser la manera más cómoda de encajar historia, piedra y calle sin ir dando saltos de una placa a otra.

Montmartre, el monte de los mártires

Montmartre significa, con toda probabilidad, monte de los mártires. El mártir es San Dionisio, primer obispo de París, decapitado por los romanos en lo alto de la colina hacia el año 250. La leyenda medieval cuenta que Dionisio se agachó, recogió su propia cabeza y echó a andar hacia el norte predicando, hasta caer varios kilómetros después, en el lugar donde hoy se levanta la basílica de Saint-Denis. En la propia colina sobrevive Saint-Pierre de Montmartre, una de las iglesias más antiguas de París, del siglo XII.

Encima de todo brilla el Sacré-Cœur, mucho más joven de lo que parece: se empezó tras la guerra de 1870 y no se terminó hasta 1914. Está hecho de una piedra de Château-Landon que suelta calcita con la lluvia, así que se mantiene blanca sin que nadie la limpie, un truco de cantería que explica su color casi irreal siglo tras siglo.

Bohemios, molinos y el hombre que atravesaba paredes

A finales del siglo XIX y principios del XX, Montmartre fue el taller de Europa. En el Bateau-Lavoir, un caserón de la Place Émile-Goudeau, Picasso pintó Les Demoiselles d'Avignon; por allí pasaron también Modigliani y Juan Gris. Van Gogh vivió con su hermano Theo en el número 54 de la rue Lepic. A la vuelta resiste el cabaret Au Lapin Agile, donde se llegó a pagar el vino con cuadros, y ladera abajo, en el boulevard de Clichy, el Moulin Rouge lleva girando desde 1889, el molino que inmortalizó Toulouse-Lautrec.

La colina guarda rincones que parecen inventados y no lo están. En la Place Marcel-Aymé, una estatua muestra a un hombre saliendo de un muro: es el Passe-Muraille, el personaje de Marcel Aymé capaz de atravesar paredes que un día se quedó atrapado en una. A pocas calles, en la Place des Abbesses, está el mur des je t'aime, un muro con el te quiero escrito en más de doscientos idiomas, y una de las dos únicas bocas de metro que conserva la marquesina modernista original de Hector Guimard. Incluso queda una viña en activo, el Clos Montmartre, que vendimia cada octubre.

Cómo unir las dos colinas en un mismo día

El Barrio Latino y Montmartre están en orillas y ánimos distintos: uno en la margen izquierda, estudioso y romano; el otro en lo alto de la margen derecha, artista y de barrio. Separarlos por medio día funciona bien. Por la mañana, Lutecia, la Sorbona y el Panteón; por la tarde, la subida a Montmartre, mejor temprano si quieres las callejuelas de arriba antes de la marea de gente. La línea 12 del metro deja en Abbesses, la estación más honda de París, con su ascensor y su escalera pintada.

Si es tu primera vez, empezar con un free tour de París te ahorra el mapa y te da el hilo que une legiones, santos y bohemios. La plaza se aparta sin abonar nada por adelantado y, al acabar, cada asistente entrega al guía entre 15 y 20 euros por persona según lo que le haya aportado el recorrido. Con eso resuelto, las dos colinas se recorren casi solas y cada calle empieza a contarte lo suyo.

Preguntas frecuentes

¿Se pueden ver el Barrio Latino y Montmartre en un mismo día?
Sí, si eliges lo principal de cada uno. Una mañana basta para el Panteón, la Sorbona, Saint-Étienne-du-Mont y las Arènes de Lutèce, y una tarde para Montmartre, con su iglesia de Saint-Pierre y los rincones de los bohemios. Están en extremos opuestos de la ciudad, así que conviene no entretenerse demasiado en cada parada.
¿Cómo se va del Barrio Latino a Montmartre en metro?
Lo más cómodo es la línea 4 desde Saint-Michel u Odéon hasta Marcadet-Poissonniers y allí cambiar a la línea 12 hasta Abbesses, en el corazón de Montmartre. Si prefieres llegar por delante del Sacré-Cœur, baja en Anvers, en la línea 2. Entre una zona y otra hay una media hora larga de metro.
¿Es real la leyenda de San Dionisio caminando con su cabeza?
Es una leyenda medieval, no un hecho comprobado. Lo que sí parece histórico es que Dionisio fue un obispo martirizado en Montmartre hacia el año 250. La imagen del santo que carga su propia cabeza, llamado cefalóforo, explica de paso dos nombres del mapa: Montmartre, el monte de los mártires, y la basílica de Saint-Denis, adonde según el relato llegó a pie.
¿Qué historia esconde el nombre del Barrio Latino?
No tiene que ver con España ni con Latinoamérica, sino con el latín que se hablaba en sus aulas desde la Edad Media. Bajo esas facultades está enterrada Lutecia, la ciudad romana, y aún se ven su anfiteatro, las Arènes de Lutèce, y las termas del Musée de Cluny. La rue Saint-Jacques sigue el trazado de la vieja calzada romana que salía hacia el sur.