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History & legends

La Roma imperial y sus leyendas: del Coliseo al Trastevere

7 min

En Roma, casi cada leyenda tiene una dirección exacta. Debajo de cada plaza hay un templo, y debajo de casi cada iglesia asoman los cimientos de algo mucho más antiguo. El Coliseo sigue en pie casi dos mil años después, en el Foro se conserva el punto exacto donde incineraron a Julio César y, al otro lado del Tíber, el Trastevere mantiene callejones que apenas han cambiado de trazado desde la Edad Media. Este recorrido deja a un lado la lista de imprescindibles y se centra en las historias: los emperadores, los mártires y los fantasmas que explican por qué Roma se cuenta a sí misma como lo hace.

El Coliseo y el Foro: lo que las piedras no cuentan

El Coliseo, cuyo nombre real es Anfiteatro Flavio, se inauguró en el año 80 d.C. con cien días seguidos de juegos. Cabían unos 50.000 espectadores, que accedían con una ficha de cerámica numerada según su rango social, algo parecido a la entrada con asiento asignado de hoy. Y su apodo no viene de su tamaño: al lado se alzaba el Coloso de Nerón, una estatua de bronce de más de treinta metros que acabó dando nombre a todo el edificio. Bajo la arena aún se ve el hipogeo, la red de túneles y ascensores donde esperaban gladiadores y fieras antes de salir a escena.

A pocos metros arranca el Foro Romano, la explanada donde latía la política de la República. Por la Via Sacra desfilaban los generales en sus triunfos, pasando bajo el Arco de Tito, que todavía muestra en relieve el saqueo del templo de Jerusalén del año 70 d.C. Justo encima se levanta el monte Palatino, donde vivieron Augusto y sus sucesores en residencias tan fastuosas que de ahí viene, literalmente, la palabra palacio. Es fácil pasar de largo sin entender qué fue cada piedra, y por eso mucha gente empieza su viaje con un free tour por el centro de Roma: un guía local pone nombre y fecha a unas ruinas que, por sí solas, no cuentan casi nada.

La loba, Rómulo y Remo: la leyenda de la fundación

La versión que Roma cuenta de sí misma empieza con dos bebés abandonados en una cesta sobre el Tíber. Según el mito, una loba los recogió y los amamantó en la cueva del Lupercal, al pie del Palatino, hasta que un pastor los crió. Uno de ellos, Rómulo, trazó con un arado el límite sagrado de la ciudad un 21 de abril del 753 a.C., la fecha que los romanos siempre tomaron como su cumpleaños. Cuando su hermano Remo cruzó esa línea para burlarse de él, Rómulo lo mató. La ciudad nacía, ya de entrada, marcada por un fratricidio.

La loba capitolina, la estatua de bronce que resume esa historia, se conserva hoy en los Museos Capitolinos, sobre la colina que Miguel Ángel reordenó siglos después. Y la cueva no es solo literatura: en 2007 un equipo de arqueólogos localizó bajo el Palatino una cavidad decorada con mosaicos que muchos identificaron con aquel Lupercal. Real o inventada, la loba sigue siendo el símbolo que verás repetido en fuentes, escudos y camisetas por toda la ciudad.

Los Idus de marzo: dónde cayó de verdad Julio César

Uno de los mayores malentendidos de Roma es creer que a Julio César lo mataron en el Senado del Capitolio. En realidad cayó en la Curia de Pompeyo, una sala anexa a un teatro cuyos restos se ven hoy en Largo di Torre Argentina, una plaza hundida por debajo del nivel de la calle y habitada por decenas de gatos. Allí, el 15 de marzo del 44 a.C., un grupo de senadores le asestó veintitrés puñaladas. La plaza abrió pasarelas para visitantes en 2023, así que ahora puedes asomarte al punto casi exacto del magnicidio.

Su cuerpo no se quedó allí. Lo trasladaron al Foro y lo incineraron en una pira improvisada, en el lugar donde luego se levantó el Templo del Divino Julio y donde todavía hoy hay quien deja flores. Dos mil años después, ese rincón discreto del Foro sigue marcando el punto donde el poder de Roma cambió de manos para siempre.

Mártires, verdugos y fantasmas: la Roma más oscura

No toda la memoria de Roma es gloriosa. En Campo de' Fiori, hoy un mercado ruidoso de fruta y flores, una estatua encapuchada de bronce recuerda a Giordano Bruno, el filósofo al que la Inquisición quemó vivo en esa misma plaza en 1600 por defender, entre otras cosas, que el universo era infinito. Muy cerca, en el pórtico de la iglesia de Santa Maria in Cosmedin, está la Boca de la Verdad: una vieja tapa de mármol con forma de rostro que, según la leyenda medieval, muerde la mano de quien miente al meterla en su boca.

El escenario más siniestro es el Castel Sant'Angelo, que empezó siendo el mausoleo del emperador Adriano y acabó convertido en fortaleza y prisión de los papas. Su nombre viene de una aparición: en el año 590, durante una peste, el papa Gregorio Magno habría visto al arcángel Miguel envainando su espada sobre el edificio como señal del fin de la epidemia. Desde el castillo, un corredor elevado llamado Passetto di Borgo permitía a los papas huir hasta el Vaticano en caso de asalto, como ocurrió en el saqueo de 1527. Y en el puente de acceso todavía se cuenta que, cada aniversario de su ejecución en 1599, se aparece Beatrice Cenci, la joven decapitada por participar en el asesinato de su padre.

Cruzar el Tíber: el Trastevere que no cambia

Trastevere significa, sin más, más allá del Tíber. Fue durante siglos el barrio de los trabajadores, los artesanos y los inmigrantes, y todavía conserva ese carácter en sus calles estrechas de sampietrini, esos adoquines negros y cuadrados, con la ropa tendida entre balcones y la hiedra comiéndose las fachadas. En su corazón está la basílica de Santa Maria in Trastevere, una de las iglesias más antiguas de la ciudad, con una fachada cubierta de mosaicos dorados que al atardecer parecen encenderse solos.

Para cruzar hasta aquí puedes pasar por la Isla Tiberina, el pequeño islote en mitad del río unido a la orilla por el Ponte Fabricio, el puente romano más antiguo que sigue en uso, en pie desde el año 62 a.C. Al caer la noche el barrio cambia de piel y se llena de faroles y de gente sentada en las escaleras de las plazas, pero su trama de callejones apenas ha variado en siglos. Aquí, más que en ningún monumento, se entiende que Roma nunca ha dejado del todo de ser un pueblo.

El hilo que une las leyendas de Roma

Lo que hace especial a esta Roma no es cada monumento por separado, sino el hilo que los enlaza: la loba del Palatino, los senadores de Largo di Torre Argentina, la hoguera de Giordano Bruno y los fantasmas del Castel Sant'Angelo forman parte de un mismo relato de dos mil años. Casi ninguna de estas historias aparece escrita en un cartel, y por eso cuesta tanto reconstruirlas por tu cuenta a partir de las piedras.

Ahí es donde un free tour de leyendas por Roma cambia la experiencia: un guía local va enlazando la fundación mítica, los Idus de marzo y las apariciones del casco antiguo en un mismo paseo, y te deja con las claves para mirar cada plaza con otros ojos. Al terminar se deja al guía una aportación de entre 15 y 20 euros por persona, según lo que te haya aportado el recorrido, y es una buena forma de ordenar tantos siglos de mitos antes de volver a los rincones que más te hayan intrigado.

Preguntas frecuentes

¿Por qué el Coliseo se llama así si no es por su tamaño?
Su nombre oficial es Anfiteatro Flavio, por la dinastía que lo levantó y lo inauguró en el año 80 d.C. El apodo de Coliseo llegó después y viene del Coloso de Nerón, una estatua de bronce de más de treinta metros que se alzaba justo al lado. Con el tiempo, el nombre de aquella figura colosal acabó pasando al anfiteatro que tenía enfrente.
¿Es verdad que a Julio César lo mataron en el Senado del Capitolio?
No. Ese día el Senado se reunía en la Curia de Pompeyo, junto al Teatro de Pompeyo, cuyos restos están hoy en Largo di Torre Argentina. La imagen del Capitolio y las escalinatas viene sobre todo de cuadros y películas posteriores, no de lo que ocurrió el 15 de marzo del 44 a.C.
¿Dónde se puede ver la loba capitolina de Rómulo y Remo?
La estatua de bronce de la loba amamantando a los gemelos se conserva en los Museos Capitolinos, sobre la colina del Campidoglio que Miguel Ángel reordenó siglos después. La leyenda sitúa la escena en la cueva del Lupercal, al pie del Palatino, donde en 2007 un equipo de arqueólogos localizó una cavidad decorada con mosaicos que muchos identificaron con aquel lugar.
¿Qué leyenda de fantasmas rodea al Castel Sant'Angelo?
La más conocida es la de Beatrice Cenci, la joven decapitada en 1599 por participar en el asesinato de su padre, de la que se dice que se aparece en el puente de acceso cada aniversario de su ejecución. El propio nombre del castillo nace de otra aparición: la del arcángel Miguel envainando su espada sobre el edificio en el año 590, que el papa Gregorio Magno interpretó como el final de una peste.