Lisboa se camina cuesta arriba y cuesta abajo. Está levantada sobre siete colinas y el suelo es de calçada portuguesa, esos adoquines blancos y negros que resbalan con la humedad, así que conviene calzado plano. Entre subida y subida aparecen los miradouros, como el de Santa Luzia o el de São Pedro de Alcântara, que son las pausas naturales de cualquier ruta. El tranvía 28 cruje por los barrios antiguos, pero lo que de verdad ordena la visita es ir a pie: casi todo el casco histórico cabe en un radio de dos kilómetros entre el río Tajo y las colinas de Alfama y el Bairro Alto.
Tres zonas concentran casi todos los free tours. Alfama y Mouraria son el corazón medieval, el barrio que sobrevivió al terremoto de 1755: callejones sin plano, el Castillo de San Jorge en lo alto, la Sé (la catedral) y las casas de fado donde nació ese canto. El eje Chiado y Bairro Alto es el otro polo, elegante de día en las librerías y cafés del Chiado, y de bares por la noche en el Bairro Alto. Y luego está Belém, tres kilómetros río abajo, donde zarparon las carabelas de la era de los Descubrimientos: allí están el Monasterio de los Jerónimos, la Torre de Belém y los pastéis de nata originales de 1837.
Casi todas las rutas parten del centro llano, en la Praça do Comércio o en el Rossio, y suben desde ahí. Las salidas de mañana, sobre las 10:00, esquivan el calor y el gentío en Alfama; las de media tarde pillan mejor luz para las fotos desde los miradouros. La reserva es gratuita y al terminar se deja una aportación voluntaria para el guía según lo que te haya parecido el recorrido. Lleva agua, gorra en verano y algo de efectivo, porque no todos los guías cobran la aportación con tarjeta.